La noche en que Caperucita se dejó matar.



¿Recuerdas esa noche que estabas enfermo y me llamaste porque no querías estar solo?
Llovía mucho pero fui sin dudarlo. Igual que Caperucita fue a casa de la abuelita. Inocente. Niña. Queriendo ayudar. Pero igual que en el cuento la niña encontró al lobo...

Me pediste que te cantase, como si el dolor fuera a desaparecer con mi voz, y lo hice, como me gustaba hacer todo lo que pedías.
Y cantando nuestra canción, con mi vestido de lunares mojado, mis zapatillas en el suelo, tu pelo rizado, tus ojos marrones y tu guitarra en la pared, siempre por afinar... Sólo pensaba en todo lo que tú habías decidido que no seríamos, sentía que estaba dispuesta a darte un trocito de mí esa noche, que podía cantarte hasta que el dolor pasase, que bailaría bajo la lluvia si me lo pedías...

Y mientras yo te cantaba y te acariciaba el pelo, tú solo pensabas en devorarme las entrañas y hacerte un traje de fiesta... empezaste por mi boca y acabaste en mis piernas y la letra de la canción que tanto significaba para nosotros se transformó en otra cosa. Cambió para ser la cura que tú creías necesitar, y yo, menos inocente pero queriendo ser tu medicina, me dejé matar en tus dedos.

Seguía mirando tus ojos marrones y tu pelo cada vez menos rizado por la fuerza que mis manos ejercían sobre el, era menos niña con cada respiración y solo quería ser la cura de todas tus enfermedades, de tus días de lluvia...

Pero en esta historia no hubo ningún cazador que salvase a Caperucita, la niña se dejó devorar y se convirtió en otra cosa, mujer loba, quizá, sin inocencia, niñez ni ganas de ayudar.
Aquel día murió la niña que te cantaba para salvarte de la muerte. Aquel día mataste con tus dedos a la única persona que te quiso salvar con la voz, con el cuerpo y con lo que hiciese falta.
Yo recuerdo esa noche. Y a veces me pregunto cómo la recuerdas tú.


Un placer tenerte en mi piel, espero que hayas disfrutado.