Hablemos de cosas que nadie quiere hablar: la muerte.


La muerte y todo lo que viene después.
Porque nadie nos enseña cómo afrontar la muerte, nadie nos habla de la muerte y, sin embargo, todos (tarde o temprano) sufrimos una.
Y entonces nadie te enseña cuales son las palabras que hacen que te sientas un poco mejor: porque no son matemáticas (esas sí las aprendemos en le colegio).
Nadie te enseña que vas a seguir desayunando por la mañana, caminando por la calle, yendo a los mismos sitios y respirando aunque con un poco de presión.
Porque todo va a seguir igual, todo menos tú que has perdido algo que jamás vas a recuperar.
Sigues tomando café y te preguntas si ese dolor que sientes se irá alguna vez o a alguna parte. Yo te digo que no, que el dolor no se va, solo se transforma.
Pero vamos a hablar de la muerte, por favor, que tengo muchas ganas.
Mi primer muerto - quiero decir, la primera vez que perdí a alguien a quien quería de verdad- fue por sorpresa (sí, sorpresa, voy a utilizar un palabra "positiva" en un contexto que para nada lo es, porque para quien no lo haya vivido, en la muerte también hay cosas buenas, aunque suelen llegar más tarde).

Mi primer muerto me dió la vida.
En esa primera semana en la que conocí a la muerte muchos me escribisteis y lo que no sabéis es que guardé cada mensaje en un archivo. Porque esa semana no entendí nada y no sentí nada y no perdí nada. Entendí después. Sentí después. Perdí después (Pero eso yo, que la muerte cada uno la lleva cómo puede). Después leí los mensajes, y a veces saludo por la calle a personas de mi colegio que nunca han sido mis amigos, pero que esa semana me escribieron un mensaje. Ya veis, qué extraño.

Cuando alguien muere necesitas algo que nadie te puede dar: Vida. Te vas a la cama después de haberte tomado cuatro tilas y lloras cómo si lo fueras a hacer siempre. Llega un momento en el que te desgasta tanto llorar que dejas de hacerlo y solo lo haces de vez en cuando, cuando te apetece o cuando recuerdas que no vas a escuchar su voz de nuevo o ver sus ojos llenos de amor...
Entonces realmente le das valor a las cosas que lo tienen. Le das valor a los abrazos, a los mensajes, a las personas, a los momentos...

¿Cuándo volveré a reírme de verdad? Estuve dos días haciéndome esa pregunta... y de repente empecé a reírme muy fuerte en el baño del tanatorio. A reírme mucho en el baño del tanatorio porque un amigo estaba en el baño equivocado y nos vió una mujer que pensó que hacíamos otra cosa más que encontrarnos por casualidad en el baño del tanatorio, tanatorio al que habíamos ido a ver a un amigo, a despedirnos de un amigo.

Y me reí. Y semanas después lloraba con la misma fuerza y con la misma intensidad con la que reía, porque no son matemáticas y nadie me enseñó todo lo que aprendí.
No os deseo mi dolor, os deseo el vuestro y que sepáis que no estáis solos, que el dolor se transforma y estar vivos es genial.

Un placer tenerte en mi piel, espero que hayas disfrutado.