Rascacielos para suicidas.



Nos tocamos y parece que estoy partiendo el mundo con mis uñas. Estoy cometiendo un pecado mortal, un acto suicida, un impulso de violencia.
Mi boca es el centro de protesta y yo sigo muda ante el acto involuntario de querer tenerte.

Esto es peligroso.

No puedo estar en la misma habitación que tú y no quererte a segundos de mi.

Repito: esto es peligroso.

No lo digo yo lo dicen la ciencia y la filosofía, la moral y la biología.
Dos seres tan químicamente heridos no pueden detenerse en la piel por tanto tiempo.

Mi deseo se adelanta a la idea y ya solo siento tus huellas dactilares dibujando mi cuerpo.

El mundo se está destruyendo y yo me estoy matando.
En la radio nadie alerta sobre la bestia, sigo pegada a tu lengua y no soy capaz de pulsar la tecla esc. Tengo que huir de esta catástrofe profesional, pero lentamente en tu boca estoy teniendo el mejor orgasmo de toda mi vida...

Un placer tenerte en mi piel, espero que hayas disfrutado.



Los amigos no se besan.



He deseado irme de aquí, de este impulso por querer tenerte, de estas ganas por violar tu boca... porque somos amigos y los amigos no se besan pero eres un lugar en el que me encanta perderme.
Así que a veces me digo que sólo es un baile, un último baile (un último beso), me digo que un baile no me puede matar, que tengo un pasado muy malo y un chupa-chups en la mano y eso jamás puede destruirme en otra cama.

Entonces bailo y me fundo con la música que está sonando.
Olvido irme.
Olvido que los amigos no se besan.
Olvido que es mejor no abandonarse en bocas prohibidas y me dejó llevar...

Te beso.

Y se me olvidan las normas no escritas que rigen el mundo, la estúpida necesidad social por mantener el orden de las cosas... me olvido de todo porque en tú boca solo estas tu, y yo, nosotros, y no necesito recordar más.
Contigo me encuentro desordenada y creo que es cuando más me encuentro yo.
Yo en tí y yo en mí.

Nunca me he enamorado por lo que no sé el desorden de emociones que supone esa sensación, sólo sé que quiero quedarme aquí, contigo, por mucho que he deseado irme de aquí, quedarme para el último baile y dejar de decir que los amigos no se besan.

Un placer tenerte en mi piel, espero que hayas disfrutado.

No puedo culparos.


No puedo culparos del daño que otros me hicieron.
No puedo culparos por aquel hombre malo que conocí con quince años.
No puedo culparos por la orden de alejamiento jamás cumplida, por las noches llorando, por los días con miedo...

No puedo culparos.
Pero a veces lo hago.

Y no lo puedo evitar
y sé que está mal
pero tengo miedo y ese miedo es el que me hace culparos.

Hubo un tiempo en el que no os culpaba de nada, hasta que conocí la maldición de los hombres malos. Aquella maldición que algunos hombres llevan en sus genes, que heredan de sus padres y dan a sus hijos, hombres malos, sin empatía...

Yo conocí a un hombre malo.
Yo vi lo que el amor hacía a una chica soñadora y enamorada, recogí sus lágrimas de la ducha, cubrí su cuerpo, tiré los cigarrillos que la consumían y recé cada noche para que el hombre malo no se la llevase...

Pero el hombre malo se la llevó y yo no pude hacer nada, el hombre malo se llevó sus sueños y la dejó consumida como los cigarrillos en los que se refugiaba y quizá por eso llevo toda la vida culpando a hombres buenos de lo que hizo aquel hombre malo.
Por eso me disfrazó de guerrera, aunque soy una patosa, y me pinto soberbia y creída aunque no me creo ni mi nombre... Porque me prometí no morir en las manos de un hombre malo y porque no puedo culparos.

Un placer tenerte en mi piel, espero que hayas disfrutado.