Cuando morí no sentí pena. Tampoco dolor, ni agonía. Quizá me faltó algo de esperanza...
Sin embargo me dejé llevar cómo las hojas que al caer de los árboles son arrastradas por el río. Me dejé llevar por ti y por tu afición por hundirme, me entregué a tu manera de hacerme daño como una niña que cree que la magia es la que describen los libros y no lo que sucede en el interior de las personas.
Tenías razón.
Merecía morir.
Merecía este dolor en el pecho, estos cuchillos que yo misma había afilado.
Por eso al morir no sentí pena, porque nadie siente pena por el castigo que se da a los culpables.
Y así me declaro: culpable.
Culpable de todas las veces que te he querido.
Culpable de la necesidad de sentirte bien.
Culpable del dolor, del cual me arrepiento como si aún hoy pudiera remediarlo, como si hubiera posibilidad de revivirme y cambiarlo todo.
Pero ya no.
Ya es tarde.
Y ahora que estoy muerta y no siento pena solo espero que haberme matado haya sanado el dolor que crees que te causé intencionadamente.
