Cuando morí no sentí pena.



Cuando morí no sentí pena. Tampoco dolor, ni agonía. Quizá me faltó algo de esperanza...
Sin embargo me dejé llevar cómo las hojas que al caer de los árboles son arrastradas por el río. Me dejé llevar por ti y por tu afición por hundirme, me entregué a tu manera de hacerme daño como una niña que cree que la magia es la que describen los libros y no lo que sucede en el interior de las personas.
Tenías razón.
Merecía morir.
Merecía este dolor en el pecho, estos cuchillos que yo misma había afilado.
Por eso al morir no sentí pena, porque nadie siente pena por el castigo que se da a los culpables.
Y así me declaro: culpable.
Culpable de todas las veces que te he querido.
Culpable de la necesidad de sentirte bien.
Culpable del dolor, del cual me arrepiento como si aún hoy pudiera remediarlo, como si hubiera posibilidad de revivirme y cambiarlo todo.
Pero ya no.
Ya es tarde.
Y ahora que estoy muerta y no siento pena solo espero que haberme matado haya sanado el dolor que crees que te causé intencionadamente.

De qué estoy hecha.



Yo no me cuento lo que me sucede.
No tengo por costumbre hablar de lo evidente.
Lo evidente está ahí, todos lo veis.
Ahora, por ejemplo, veis mi dolor.
Y hay días, como hoy, que me apetece quedarme ahí. Conmigo. Contándome lo que me sucede, por evidente que parezca, hablándome, acariciándome las heridas, siendo observadora de mis propias acciones y recordando la vida que me gustaría olvidar.
Un vez una persona a la que quería mucho me abrazó mientras lloraba y me dijo que a veces había que romperse para saber de qué estábamos hechos.
Yo creía saber de qué estaba hecha.
Con catorce años devoraba más libros de teatro que bocas ajenas y me gustaba dármelas de lista consumiendo literatura para adultos.
Entonces entendí que yo estaba hecha de la materia de los sueños y que mi nombre era todo lo que me definía.
Ahora ¿Dónde están mi sueños? Veo los pedazos pero no encuentro mi materia, veo los pedazos de algo que está roto pero no tengo muy claro de qué estoy hecha.
Quizá no estoy rota, simplemente estoy sin acabar.

Un placer tenerte en mi piel espero que hayas disfrutado.


Que se llame como tu.



El día de hoy se presenta cómo algo difícil.
Mi cuerpo parece un campo de batalla en el que ya no quedan supervivientes.
No consigo encontrar un buen motivo para salir de mi comodidad. Quiero atarme a la cama y fundirme con la tranquilidad que respiro. Así que pospongo el invierno y retraso la alarma diez minutos más. Me quedo en mi eterno verano imaginario, entre el edredón y las ganas, destruyendo realidades y edificando sueños. No puedo dejar de pensar en las cosas que no serán. Me he imaginado tantas veces cómo sería besarte que creo tengo tu sabor en la boca...

Rememoro una y otra vez conversaciones y situaciones que no han sucedido. Imagino cómo sería comerte, cómo sería mirarte a los ojos y contarte que te hago de noche, que me gustas desde que te conozco de verdad, que eres mejor de lo que imagino... A veces sólo quiero estar contigo por el placer de tú compañía y no sabes el miedo que me da... el salto mortal que eres y las ocasiones en las que me gana ser cobarde...

De momento he reunido la fuerza suficiente para salir de la cama, dejar a un lado el cansancio y hacerme un té para la garganta. Hay cosas que sí se pueden arreglar.
También bebo café: del que no te gusta porque eres un chico de coca-cola. Aún no sé con mucha seguridad qué es un chico coca-cola pero si los fabrican en serie, quiero uno para navidades, que toque la guitarra y se haga arte.
Que se llame cómo tú.

Hora de ducharme. El agua fría sobre el cuerpo caliente. Mis ganas de ahogarme y deshacerme de todos vosotros, para quedarme con él. A solas. O con todos mirando, me da igual. ¡Mirad! ¡Mirad si queréis! Disfrutad de todo lo que he callado. Porque el día que sucedamos os vais a enterar de todos modos, habrá un terremoto o una plaga de niños naciendo o una multitud retransmitirá una orgía para hacernos la competencia, o un volcán se apagará para siempre... de verdad, es que no sabéis lo que tengo dentro, no sabéis lo que me mata su nombre...

No quiero ni follar con él, quiero besar todo su cuerpo, quiero contar sus lunares, quiero que me aparte el pelo para verme mejor y que me haga el amor cómo si viese el universo en mis clavículas, quiero.. quiero que el mundo se una a mi amor.
Qué indecente y qué valiente me creo en mi cabeza y qué correcta soy ¡joder! Pero es que no el conocéis, no sabéis que sus ojos violan cualquier pensamiento, que yo firmaría mi sentencia de muerte si me dejase dormir en su espalda o meterle mano, en el metro, en los columpios o en el ascensor... Que me daría igual que nos pillasen los vecinos, la policía y los bomberos.
Que cuando acorta mi nombre me tiembla todo, que cuando habla gallego se me eriza la piel... De verdad es que llega un punto en que me consume...

Suena la música y he olvidado los pasos. Mi deseo no se ha ido con la ducha que acariciaba mi cuerpo, sigue en mi, sigo en él. Sigo siendo cobarde, sigo sin tener el valor de llamar a su puerta, sigo siendo la misma imbécil que se levantaba pensando en el amor...
Ojalá que estas navidades encontréis un amor así, ojalá alguien os cambie la vida tanto, ojalá os corresponda, ojalá consiga valor...

Estas navidades sólo quiero un chico coca-cola, uno que se llame cómo tú.

Un placer tenerte en mi piel, espero que hayas disfrutado.